Los poderosos rasgos distintivos propios del Thot egipcio difieren a veces de modo sustancial del Hermes griego.

Con seguridad Thot fue el dios egipcio que de un modo más persistente pervivió y participó en la formación de la cultura occidental al ser asimilado por los griegos con Hermes, divinidad que, como hemos dicho, a su vez da nombre y forma a lo que conocemos como filosofía hermética.

Sin embargo, es necesario precisar que los poderosos rasgos distintivos propios del Thot egipcio difieren a veces de modo sustancial del Hermes griego, sobre todo cuando esta divinidad olímpica con el paso del tiempo fue perdiendo sus caracteres principales hasta convertirse en el más doméstico dios efébico de la época jónica. Asimismo el concepto mismo de dios es muy diferente en la concepción griega que en la egipcia.

Esta filosofía hermética ha llegado hasta nosotros a través de los libros también llamados herméticos, cuyos textos principales son el Asclepios, de origen latino, y el Corpus Hermeticum, que a su vez incluye el famoso Poimandres. Es de la filosofía hermética de donde viene transmitida la tradición de La Tabla de Esmeralda, y esta tradición penetra en todo el gnosticismo cristiano y, posteriormente, en las escuelas esotéricas occidentales.

Estos escritos aparecen como colección en el Renacimiento, siendo su origen griego y su datación más probable podemos situarla en torno al siglo IV. Sus contenidos poseen una fuerte impronta gnóstica y muestran sus enseñanzas en forma de diálogos, en los que es el propio Hermes Trimegisto quien ilustra a sus discípulos.

La gnosis —literalmente conocimiento— es posiblemente una de las filosofías que más se ha permeabilizado en distintas creencias y es con seguridad la que más dolores de cabeza ha producido a las distintas religiones consolidadas, y por ello no es difícil encontrar su rastro en distintas sectas y herejías, principalmente en el cristianismo y en el islam.

Prueba de la vinculación entre el gnosticismo cristiano y el hermetismo fue el descubrimiento, en 1945, en las cercanías de una aldea egipcia del alto Egipto, de la ya famosa biblioteca de Nag Hammadi. Unos camelleros del lugar se toparon con una vasija enterrada repleta de textos de los primeros siglos cristianos.

Después de muchas vicisitudes, actualmente se conservan trece códices con textos apócrifos cristianos, entre ellos el famoso Evangelio de Tomás, junto a textos claramente de filosofía gnóstica y escritos herméticos, pues esos códices contienen el Asclepios, El tratado del ocho y del nueve, de Hermes Trimegisto, y el breve pero hermoso texto hermético de La oración de acción de gracias.

Dentro de la filosofía hermética y sus saberes destacó con luz propia la alquimia como la «ciencia de las ciencias», pues tanto la astrología, la magia y la «ciencia de los sonidos y las palabras», después llamada cábala, formaron parte del cuerpo de conocimiento imprescindible para iniciarse en la práctica de la alquimia, y podríamos decir que eran una suerte de «asignaturas» de esta, aunque se desarrollaran posteriormente como disciplinas independientes.

Casi con seguridad estas «ciencias» tuvieron un origen en la sabiduría de los sacerdotes egipcios. Es evidente que un alquimista debía estudiar la astrología, imprescindible para conocer los momentos de las operaciones, la magia o la forma de «atar» y utilizar las energías «celestes», y la cábala o el arte de llegar a la «semilla» de las cosas conociendo la geometría de la creación y el secreto de la «palabra viva». En estas tres «artes herméticas» podemos ver reflejado al dios Thot: en la astrología bajo su título de «Señor del Tiempo»; en la magia, por su denominación de «El Mago», y en la cábala, por su condición de «Señor de la Palabra».

Naturalmente, en el hermetismo se afirma que las llaves del conocimiento de estas artes estaban en La Tabla de Esmeralda o Tabla de Hermes. No ha de extrañar al lector la presencia de la cábala entre los saberes herméticos, ya que en todo el diverso entramado de culturas que significó la Alejandría en la que se fraguó el hermetismo, la cultura judía tuvo una fuerte presencia, pues no se debe olvidar que en la época de Jesús había más judíos en Alejandría que en la propia Palestina y que, por entonces, el hebreo era un idioma prácticamente perdido.

Obviamente, aquella cábala hermética o ciencia de los sonidos, poco tenía que ver con la que conocemos hoy nacida en la España medieval y que sitúa el alfabeto hebreo como referencia básica, mientras que en su origen se utilizaba el antiguo egipcio. Igualmente podemos decir lo mismo de la cábala que usa el árabe, pues del mismo modo que «la ciencia de los sonidos y las palabras» tomó forma en el mundo judío, también la tomó en el árabe, aunque hoy prácticamente está olvidada.

Tal como popularmente ha llegado hasta nosotros, la alquimia es el arte de la transmutación y sirvió como ejemplo y referencia la conocida búsqueda medieval de la «transmutación del plomo en oro». Desde esta perspectiva la iconografía clásica ha representado a los alquimistas rodeados de retortas, matraces y hornos, en lo que podrían ser unos esforzados antecesores de los químicos; nada más falso o, mejor dicho, incompleto, pues esta alquimia, digamos «químico-metalúrgica», no era más que una de sus formas de transmutación.